jueves, 26 de abril de 2007

"American Strays", Michael Covert (1996)


Película de difícil clasificación, tal vez de las de sábados a las tantas de la madrugada en Antena 3, y es que no llega a ser ni comedia, ni drama, más bien una extraña mezcla entre estos dos géneros impregnada por toques psico-paranoicos que facilitan el aburrimiento del espectador, ya que resulta muy difícil encontrar sentido al argumento o buscar la idea principal de la película, esa en la que el director se basó a la hora de realizar este, evidentemente, poco exitoso largometraje.

Personajes de distinta calaña vagan por el desierto buscando sentido a sus vidas. Unos tratan de encontrar consuelo en la muerte, mientras otros se encuentran de paso dejando atrás su antigua vida y intentando emprender una nueva. Todos ellos, personajes de lo más variopintos, coincidirán en un bar típico de carretera donde finalizará su travesía de manera trágica.

Desde luego el director acierta plenamente al escoger al reparto, una serie de actores americanos de segunda (con especial mención al siempre camaleónico Luke Perry, anclado en su personaje de la serie “Sensación de vivir”), si con ello pretendía desprenderse del poco atractivo que podía esconder el argumento. Sus interpretaciones sólo son superadas negativamente por la calidad de los insulsos diálogos y la irritante musiquilla que los acompaña de fondo.

Si logras prestar atención durante los primeros 90 minutos, esperanzado en la posibilidad de hallar un espléndido final que de repente haga que valga la pena soportar semejante bodrio, te puedes topar con otra decepción, pues el desenlace no es sino uno más de los despropósitos que configuran la película. Quizá se podría rescatar la reflexión que realiza el director sobre el estilo de vida americano, aquél que se basa en llevar siempre una pistola en el bolsillo, y que es lo que acaba provocando la destrucción mutua.

Bailar en la oscuridad ("Dance in the dark"), Lars Von Trier (2000)


Gran película europea premiada con la Palma de Oro en el festival de Cannes del año 2000, premio a la Mejor Película y Mejor Actriz Principal (Björk), Goya a la Mejor Película europea y nominada al Oscar por la Mejor Canción, nos cuenta la historia de Selma, una emigrante checa y madre soltera que debido a una enfermedad hereditaria se está quedando ciega. Su deseo principal es ahorrar dinero suficiente para operar a su hijo, afectado por la misma enfermedad, pero no le basta con el sueldo que recibe por su trabajo en una fábrica rural de Estados Unidos. Solo su imaginación y la música le ayudarán a evadirse de la tragedia que está viviendo.

Como espectador es imposible no introducirse en la piel de la protagonista, Selma, debido a una brillante interpretación por parte de Björk, y más aún cuando surgen todavía más problemas y la trama se sigue complicando. Mención especial merecen tanto el guión, obra del mismo Lars Von Trier, y que por increíble que pueda parecer, mantiene al espectador enganchado durante casi 140 minutos, como las correctísimas actuaciones de los actores secundarios.

Es imposible obviar las escenas musicales, que representan la fantasía y el amor que la protagonista siente por la danza y la música, y que son inteligentemente introducidas en los momentos más tensos, gracias a los cuales nos es más fácil aún ponernos en el lugar de la protagonista y entender sus sensaciones y sentimientos.

Sin duda una de los mejores largometrajes del cine europeo de los últimos años, que cuenta con una interesante historia que a su vez es muy bien interpretada por todos y cada uno de los miembros del reparto, y que además contiene una excelente banda sonora compuesta por Björk.

"Jurassic Park", Steven Spielberg (1993)


Galardonada con tres Oscars en 1993, Jurassic Park se puede considerar como la película que marcó un antes y un después en el cine de ciencia-ficción, ya que introduce efectos especiales nunca vistos anteriormente gracias a la tecnología de ordenador con la que es posible, en este caso, reproducir, casi fielmente, a un puñado de dinosaurios hambrientos (casi, porque evidentemente nadie ha visto su aspecto real).

Basado en el best-seller de Michael Crichton, Jurassic Park narra la historia de un rico empresario que decide convertir una isla perdida en un parque de dinosaurios. Antes de inaugurarlo al público, invita a dos paleontólogos de prestigio, a un matemático y a un inversor para que avalen el parque. Todo se torcerá cuando por un fallo de seguridad los dinosaurios empiecen a campar libremente por el recinto amenazando con ello a los protagonistas.

Interesante guión en el que se incluye una receta paso a paso de cómo hacer tu propio dinosaurio, receta que se basa en diversas teorías científicas, que aunque falsas, son muy logradas, todo ello con el propósito de hacer pensar al espectador que aquello que está viendo podría llegar a suceder. Esta sensación, unida al suspense y a la trepidante acción hacen que este largometraje ofrezca entretenimiento mezclado con algo de sufrimiento.

Con este éxito comercial y de taquilla, Steven Spielberg (y por supuesto Michael Crichton), nos empuja a reflexionar sobre la naturaleza de la especie humana y su incansable necesidad de investigar e innovar, con el fin de poder sentirse creador de vida. De forma evidente, el director plasma la idea de que esta necesidad solo puede conducir al caos, y que la vida, lejos de ser manipulable, se “abre camino”, como menciona acertadamente el personaje bien interpretado por Jeff Goldblum, que por cierto repite experiencia traumática después de “La Mosca”.

sábado, 14 de abril de 2007

2001: Una odisea del espacio (“2001: A space odyssey”), Stanley Kubrick (1968)


Stanley Kubrick nos propone con esta su obra maestra un viaje hacia un futuro que aún hoy nos parece lejano. Un futuro que sería muy distinto a nuestros tiempos si no fuera porque seguiremos obsesionados con la posibilidad de la existencia de vida extraterrestre y con los peligros que atañe el desarrollo desmesurado de la inteligencia artificial.

Basada en una serie de relatos del autor Arthur C.Clarke, coguionista de la película, 2001: Una odisea del espacio es un recorrido a través de la historia de la humanidad en un intento por descubrir los misterios de su evolución, desde sus inicios prehistóricos, hace más de cuatro millones de años, hasta los albores del siglo XXI, cuando los seres humanos disponen ya de recursos y tecnología suficientes como para poder iniciar la conquista del espacio. Para enlazar dos épocas tan distantes en el tiempo, Kubrick introduce un elemento tan original como misterioso y que parece ser la puerta que conduce al hombre a desarrollar su capacidad intelectual; una especie de monolito que aparece al inicio de la película, en la época prehistórica, y un segundo muy similar que ya en el año 1999, una expedición descubre enterrado en la Luna. Al parecer este segundo monolito recibe señales de los alrededores de Júpiter, y es precisamente con el objetivo de averiguar que es exactamente lo que produce estas señales, que parte hacia este planeta la nave espacial Discovery. Esta nave es controlada por un superordenador de última generación, el HAL 9000, y que de hecho es el único tripulante que conoce el verdadero objetivo de la misión. HAL no dudará en deshacerse del resto de sus compañeros de carne y hueso cuando éstos empiecen a sospechar sobre la veracidad de la misión y sobre el correcto funcionamiento de HAL. Sólo uno de ellos logrará sobrevivir y desconectar a HAL, lo que le permitirá proseguir con la misión y averiguar que es lo que se esconde detrás de estos misteriosos monolitos.

Kubrick logra con una magnífica puesta en escena y una brillante fotografía su ambicioso objetivo de describir en imágenes dos etapas de la humanidad tan distantes entre ellas como desconocidas para el espectador. Con un inteligente uso del silencio y el sonido ambiente, intenta transportar al espectador a la prehistoria, la época de nuestros antepasados los primates, seres que empezaban a presentar ciertos síntomas de inteligencia, aún escondidos tras un desmesurado salvajismo y brutalidad animal. El monolito, más allá de su origen alienígena, parece abrir la mente de estos simios, que empezaran entonces a desarrollar diversas actitudes que denotan un todavía leve uso de la razón y la lógica. Es éste el paso que provoca un antes y un después en la historia de la evolución humana y que ayuda a Kubrick a dar el salto, mediante una elipsis de millones de años, a la Edad Contemporánea, en el inicio de la conquista del espacio.

Ciertamente resulta difícil imaginarse una manera más sugerente de mostrarnos el futuro, con semejante plasticidad y belleza estética. Kubrick utiliza diferentes planos y puntos de vista para dar mayor esteticismo a la pantalla en su incesante objetivo de llevarnos al interior de esas naves futuristas de modernísimas estructuras. Sin duda, ejerce aquí un papel importante la magnífica banda sonora, también presente en algunos momentos del inicio de la película, compuesta por Richard Strauss y Johann Strauss (hijo), y que es introducida acertadamente a lo largo del filme dando la sensación por instantes que todo gira en torno a la música, como si todos los elementos que aparecen en escena formaran parte de un conjunto perfectamente harmonizado, de una misma orquesta. Sin embargo, y como ya ocurriera en las imágenes correspondientes a la época prehistórica, el uso del silencio aquí también es muy importante para dotar de realismo y detallismo a la escena. Es interesante ver como cualquier acción llevada a cabo, por ejemplo, por los astronautas, se sigue al detalle, segundo a segundo, escuchando de fondo únicamente su agónica respiración. Los diálogos, que pueden parecer banales o innecesarios incluso, están estudiados al milímetro y todos tienen una función determinada y esencial para entender el comportamiento y el carácter de los personajes, sobretodo de HAL, cuyos comentarios, de un orgullo y un egocentrismo en ocasiones insultante, inevitablemente nos hacen cambiar de idea respecto a sus verdaderas intenciones. Ante todo, a lo largo de la película se crea la sensación de que el director ha trabajado y estudiado hasta el más mínimo detalle, sin dejar ningún cabo suelto de cara a posibles especulaciones. Exceptuando, obviamente, el desenlace.

Y es que una película tan bien desarrollada debía esconder forzosamente un desenlace que se podría catalogar de sorprendente e impactante, y que hace que parezca imposible pensar que puede dejar a alguien indiferente ante semejante bombardeo de imágenes e información descontrolada. Incluso ésto también da la sensación de haber sido previsto por Kubrick, cuyo deseo era de hacer mella en el espectador y de dejar volar su imaginación, dando vía libre a posibles interpretaciones sobre el desenlace de la película. De hecho es posible que existan tantas interpretaciones como persona hayan disfrutado de esta película. Personas que inocentemente auguraban un final que resolviera todas las dudas sobre el argumento que van apareciendo a lo largo del filme. Pero Kubrick no quería ese final. Y cabe preguntarse si este brillante largometraje de ciencia ficción habría conseguido entrar de lleno a formar parte de la historia del cine moderno si el final hubiera sido otro.

"Blade Runner", Ridley Scott (1982)


Gran superproducción que marca un antes y un después en la historia del cine de ciencia-ficción por lo novedoso de los efectos especiales, resultado de los avances técnicos descubiertos en esa época, y que tienen una importancia relevante a la hora de situarnos en el entorno de un entonces lejano Los Ángeles 2019. Sin duda se trata de una de las mejores obras de Ridley Scott y uno de los mejores largometrajes de la historia del cine moderno que aún hoy, hartos de un cine tan saturado de efectos especiales, nos resulta tan creíble como innovador e impactante.

Lograr que Blade Runner siga siendo un punto de referencia para todos aquéllos que buscan representar con cierta verosimilitud la sociedad futurista sin caer en tópicos o sin parecer repetitivos, es algo que Scott consigue brillantemente haciendo, por ejemplo, un uso estético y meticuloso de la iluminación y la cámara. Scott nos conduce así a un mundo tétrico, oscuro, desapacible, en el que, según el criterio del director, se encontrará sumergida una humanidad, nunca mejor dicho, deshumanizada, fría, apática. A pesar de ser una película en consecuencia oscura, es notable el trabajo con la iluminación; el juego de los focos en movimiento, así como los letreros luminosos o las luces de los distintos vehículos, y las sombras que provocan, mostrándonos sólo una parte del rostro de los personajes, dando importancia en este caso a los ojos con los que supuestamente podemos identificar fácilmente a los Replicantes. Pero que también son los ojos del búho observador y expectante (como el mismo espectador), o los ojos felinos del cazador en la oscuridad. Y por otro lado, el juego de cámaras, en el que hay que destacar primero sus movimientos lentos, parsimoniosos, que nos permiten analizar cada milímetro de cada plano, cada detalle de cada escena. Este afán por la minuciosidad se aprecia también en los enfrentamientos cuerpo a cuerpo entre Deckard (Harrison Ford) y cada uno de los Replicantes, cuyas muertes, mediante el uso inteligente de la cámara lenta, resultan impactantes y cargadas de violencia. Así se refleja la nula piedad de Deckard respecto a ellos y la también nula reacción de los ciudadanos ante semejantes crímenes que tienen lugar en plena calle.

La caracterización de los personajes es el otro punto fuerte del filme. Empezando lógicamente por el protagonista, el cowboy solitario Deckard, que de no ser por la sobresaliente interpretación de Harrison Ford, no pasaría del típico ex-policía alcohólico, deprimido, amargado e irónico. Pero la figura de Deckard va más allá de eso. Escenifica a la perfección el prototipo del ser humano del futuro. Un ser humano que es creado y moldeado para encajar en una determinada civilización, ocupando un determinado puesto social, y cuya vida, sin poder saber exactamente cuando, expirará, junto con sus recuerdos y experiencias. Como un Replicante. Y aunque el director, por supuesto intencionadamente, no quiso aclarar el verdadero origen de Deckard, sí deja tras de sí una serie de pistas que nos facilitan deducir que sus semejanzas con respecto al resto de Replicantes no son casuales. En cualquier caso, y sin necesidad de profundizar en el tema, si queda claro que es esa incertidumbre la que configura el hilo conductor del argumento, sin el cual obviamente carecería de sentido el filme. La evolución del personaje es paralela a la de sus enemigos. Cómo Deckard pasa del rechazo y la frialdad con la que afronta el conflicto en un principio, aniquilándolos sin miramientos, a introducirse de lleno en una persecución en la que llegará, súbitamente por cierto, a enamorarse de una de sus supuestas presas, para acabar huyendo con ella buscando una libertad que contradictoriamente antes arrebata a otros Replicantes.

Éstos, por su parte, se nos presentan al inicio como la amenaza; unos individuos despiadados y sanguinarios dispuestos a todo para alcanzar sus objetivos. Pero a lo largo de la película, y al igual que el personaje de Deckard, se provoca un paulatino cambio de visión respecto a ellos por parte del espectador, cuando nos damos cuenta de que su objetivo no es otro que prolongar su vida, mantener sus recuerdos, aunque sean implantados, y vivir sin temor a la muerte. Y no hay deseo más humano que ese, y con el que es inevitable sentirse identificado.

Es sobre esta evolución del carácter de los personajes que se traza una línea argumental reforzada con los ya mencionados efectos especiales y técnicas de puesta en escena, y ayudada por momentos de acción y violencia no gratuita, que facilitan al espectador seguir el suspense sin caer en el aburrimiento. Y todo ello adornado con un final soberbio. Si bien es cierto que a lo largo de la película crece el convencimiento que toda la persecución se resolverá con el enfrentamiento Deckard-Roy, héroe contra villano, protagonista y antagonista, tan predecible desenlace no podía colmar las expectativas de manera tan sorprendente. La inferioridad de Deckard respecto al Replicante no se resuelve como podríamos pensar que es habitual en este tipo de situaciones, con un golpe de suerte que le permita acabar con el enemigo, sino con un giro brusco de la situación que convierte a Roy en el cazador y a Deckard en el cazado. Y aún sorprende más la manera de morir de Roy, con el trasfondo de un precioso discurso y unas escenas estéticamente magníficas (la metáfora de la lluvia y los recuerdos, o la paloma y la libertad), y después de salvar la vida a su teórico enemigo. No existe posible final alternativo que impacte tanto como éste, y es evidente que Scott logra con ello su propósito inicial; conseguir que en la retina del espectador permanezcan imborrables ésta y otras escenas del filme que son las que la convierten en la mejor historia de ciencia-ficción sobre la sociedad del futuro del cine moderno.