
Stanley Kubrick nos propone con esta su obra maestra un viaje hacia un futuro que aún hoy nos parece lejano. Un futuro que sería muy distinto a nuestros tiempos si no fuera porque seguiremos obsesionados con la posibilidad de la existencia de vida extraterrestre y con los peligros que atañe el desarrollo desmesurado de la inteligencia artificial.
Basada en una serie de relatos del autor Arthur C.Clarke, coguionista de la película, 2001: Una odisea del espacio es un recorrido a través de la historia de la humanidad en un intento por descubrir los misterios de su evolución, desde sus inicios prehistóricos, hace más de cuatro millones de años, hasta los albores del siglo XXI, cuando los seres humanos disponen ya de recursos y tecnología suficientes como para poder iniciar la conquista del espacio. Para enlazar dos épocas tan distantes en el tiempo, Kubrick introduce un elemento tan original como misterioso y que parece ser la puerta que conduce al hombre a desarrollar su capacidad intelectual; una especie de monolito que aparece al inicio de la película, en la época prehistórica, y un segundo muy similar que ya en el año 1999, una expedición descubre enterrado en la Luna. Al parecer este segundo monolito recibe señales de los alrededores de Júpiter, y es precisamente con el objetivo de averiguar que es exactamente lo que produce estas señales, que parte hacia este planeta la nave espacial Discovery. Esta nave es controlada por un superordenador de última generación, el HAL 9000, y que de hecho es el único tripulante que conoce el verdadero objetivo de la misión. HAL no dudará en deshacerse del resto de sus compañeros de carne y hueso cuando éstos empiecen a sospechar sobre la veracidad de la misión y sobre el correcto funcionamiento de HAL. Sólo uno de ellos logrará sobrevivir y desconectar a HAL, lo que le permitirá proseguir con la misión y averiguar que es lo que se esconde detrás de estos misteriosos monolitos.
Kubrick logra con una magnífica puesta en escena y una brillante fotografía su ambicioso objetivo de describir en imágenes dos etapas de la humanidad tan distantes entre ellas como desconocidas para el espectador. Con un inteligente uso del silencio y el sonido ambiente, intenta transportar al espectador a la prehistoria, la época de nuestros antepasados los primates, seres que empezaban a presentar ciertos síntomas de inteligencia, aún escondidos tras un desmesurado salvajismo y brutalidad animal. El monolito, más allá de su origen alienígena, parece abrir la mente de estos simios, que empezaran entonces a desarrollar diversas actitudes que denotan un todavía leve uso de la razón y la lógica. Es éste el paso que provoca un antes y un después en la historia de la evolución humana y que ayuda a Kubrick a dar el salto, mediante una elipsis de millones de años, a la Edad Contemporánea, en el inicio de la conquista del espacio.
Ciertamente resulta difícil imaginarse una manera más sugerente de mostrarnos el futuro, con semejante plasticidad y belleza estética. Kubrick utiliza diferentes planos y puntos de vista para dar mayor esteticismo a la pantalla en su incesante objetivo de llevarnos al interior de esas naves futuristas de modernísimas estructuras. Sin duda, ejerce aquí un papel importante la magnífica banda sonora, también presente en algunos momentos del inicio de la película, compuesta por Richard Strauss y Johann Strauss (hijo), y que es introducida acertadamente a lo largo del filme dando la sensación por instantes que todo gira en torno a la música, como si todos los elementos que aparecen en escena formaran parte de un conjunto perfectamente harmonizado, de una misma orquesta. Sin embargo, y como ya ocurriera en las imágenes correspondientes a la época prehistórica, el uso del silencio aquí también es muy importante para dotar de realismo y detallismo a la escena. Es interesante ver como cualquier acción llevada a cabo, por ejemplo, por los astronautas, se sigue al detalle, segundo a segundo, escuchando de fondo únicamente su agónica respiración. Los diálogos, que pueden parecer banales o innecesarios incluso, están estudiados al milímetro y todos tienen una función determinada y esencial para entender el comportamiento y el carácter de los personajes, sobretodo de HAL, cuyos comentarios, de un orgullo y un egocentrismo en ocasiones insultante, inevitablemente nos hacen cambiar de idea respecto a sus verdaderas intenciones. Ante todo, a lo largo de la película se crea la sensación de que el director ha trabajado y estudiado hasta el más mínimo detalle, sin dejar ningún cabo suelto de cara a posibles especulaciones. Exceptuando, obviamente, el desenlace.
Y es que una película tan bien desarrollada debía esconder forzosamente un desenlace que se podría catalogar de sorprendente e impactante, y que hace que parezca imposible pensar que puede dejar a alguien indiferente ante semejante bombardeo de imágenes e información descontrolada. Incluso ésto también da la sensación de haber sido previsto por Kubrick, cuyo deseo era de hacer mella en el espectador y de dejar volar su imaginación, dando vía libre a posibles interpretaciones sobre el desenlace de la película. De hecho es posible que existan tantas interpretaciones como persona hayan disfrutado de esta película. Personas que inocentemente auguraban un final que resolviera todas las dudas sobre el argumento que van apareciendo a lo largo del filme. Pero Kubrick no quería ese final. Y cabe preguntarse si este brillante largometraje de ciencia ficción habría conseguido entrar de lleno a formar parte de la historia del cine moderno si el final hubiera sido otro.
Basada en una serie de relatos del autor Arthur C.Clarke, coguionista de la película, 2001: Una odisea del espacio es un recorrido a través de la historia de la humanidad en un intento por descubrir los misterios de su evolución, desde sus inicios prehistóricos, hace más de cuatro millones de años, hasta los albores del siglo XXI, cuando los seres humanos disponen ya de recursos y tecnología suficientes como para poder iniciar la conquista del espacio. Para enlazar dos épocas tan distantes en el tiempo, Kubrick introduce un elemento tan original como misterioso y que parece ser la puerta que conduce al hombre a desarrollar su capacidad intelectual; una especie de monolito que aparece al inicio de la película, en la época prehistórica, y un segundo muy similar que ya en el año 1999, una expedición descubre enterrado en la Luna. Al parecer este segundo monolito recibe señales de los alrededores de Júpiter, y es precisamente con el objetivo de averiguar que es exactamente lo que produce estas señales, que parte hacia este planeta la nave espacial Discovery. Esta nave es controlada por un superordenador de última generación, el HAL 9000, y que de hecho es el único tripulante que conoce el verdadero objetivo de la misión. HAL no dudará en deshacerse del resto de sus compañeros de carne y hueso cuando éstos empiecen a sospechar sobre la veracidad de la misión y sobre el correcto funcionamiento de HAL. Sólo uno de ellos logrará sobrevivir y desconectar a HAL, lo que le permitirá proseguir con la misión y averiguar que es lo que se esconde detrás de estos misteriosos monolitos.
Kubrick logra con una magnífica puesta en escena y una brillante fotografía su ambicioso objetivo de describir en imágenes dos etapas de la humanidad tan distantes entre ellas como desconocidas para el espectador. Con un inteligente uso del silencio y el sonido ambiente, intenta transportar al espectador a la prehistoria, la época de nuestros antepasados los primates, seres que empezaban a presentar ciertos síntomas de inteligencia, aún escondidos tras un desmesurado salvajismo y brutalidad animal. El monolito, más allá de su origen alienígena, parece abrir la mente de estos simios, que empezaran entonces a desarrollar diversas actitudes que denotan un todavía leve uso de la razón y la lógica. Es éste el paso que provoca un antes y un después en la historia de la evolución humana y que ayuda a Kubrick a dar el salto, mediante una elipsis de millones de años, a la Edad Contemporánea, en el inicio de la conquista del espacio.
Ciertamente resulta difícil imaginarse una manera más sugerente de mostrarnos el futuro, con semejante plasticidad y belleza estética. Kubrick utiliza diferentes planos y puntos de vista para dar mayor esteticismo a la pantalla en su incesante objetivo de llevarnos al interior de esas naves futuristas de modernísimas estructuras. Sin duda, ejerce aquí un papel importante la magnífica banda sonora, también presente en algunos momentos del inicio de la película, compuesta por Richard Strauss y Johann Strauss (hijo), y que es introducida acertadamente a lo largo del filme dando la sensación por instantes que todo gira en torno a la música, como si todos los elementos que aparecen en escena formaran parte de un conjunto perfectamente harmonizado, de una misma orquesta. Sin embargo, y como ya ocurriera en las imágenes correspondientes a la época prehistórica, el uso del silencio aquí también es muy importante para dotar de realismo y detallismo a la escena. Es interesante ver como cualquier acción llevada a cabo, por ejemplo, por los astronautas, se sigue al detalle, segundo a segundo, escuchando de fondo únicamente su agónica respiración. Los diálogos, que pueden parecer banales o innecesarios incluso, están estudiados al milímetro y todos tienen una función determinada y esencial para entender el comportamiento y el carácter de los personajes, sobretodo de HAL, cuyos comentarios, de un orgullo y un egocentrismo en ocasiones insultante, inevitablemente nos hacen cambiar de idea respecto a sus verdaderas intenciones. Ante todo, a lo largo de la película se crea la sensación de que el director ha trabajado y estudiado hasta el más mínimo detalle, sin dejar ningún cabo suelto de cara a posibles especulaciones. Exceptuando, obviamente, el desenlace.
Y es que una película tan bien desarrollada debía esconder forzosamente un desenlace que se podría catalogar de sorprendente e impactante, y que hace que parezca imposible pensar que puede dejar a alguien indiferente ante semejante bombardeo de imágenes e información descontrolada. Incluso ésto también da la sensación de haber sido previsto por Kubrick, cuyo deseo era de hacer mella en el espectador y de dejar volar su imaginación, dando vía libre a posibles interpretaciones sobre el desenlace de la película. De hecho es posible que existan tantas interpretaciones como persona hayan disfrutado de esta película. Personas que inocentemente auguraban un final que resolviera todas las dudas sobre el argumento que van apareciendo a lo largo del filme. Pero Kubrick no quería ese final. Y cabe preguntarse si este brillante largometraje de ciencia ficción habría conseguido entrar de lleno a formar parte de la historia del cine moderno si el final hubiera sido otro.

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