
Gran superproducción que marca un antes y un después en la historia del cine de ciencia-ficción por lo novedoso de los efectos especiales, resultado de los avances técnicos descubiertos en esa época, y que tienen una importancia relevante a la hora de situarnos en el entorno de un entonces lejano Los Ángeles 2019. Sin duda se trata de una de las mejores obras de Ridley Scott y uno de los mejores largometrajes de la historia del cine moderno que aún hoy, hartos de un cine tan saturado de efectos especiales, nos resulta tan creíble como innovador e impactante.
Lograr que Blade Runner siga siendo un punto de referencia para todos aquéllos que buscan representar con cierta verosimilitud la sociedad futurista sin caer en tópicos o sin parecer repetitivos, es algo que Scott consigue brillantemente haciendo, por ejemplo, un uso estético y meticuloso de la iluminación y la cámara. Scott nos conduce así a un mundo tétrico, oscuro, desapacible, en el que, según el criterio del director, se encontrará sumergida una humanidad, nunca mejor dicho, deshumanizada, fría, apática. A pesar de ser una película en consecuencia oscura, es notable el trabajo con la iluminación; el juego de los focos en movimiento, así como los letreros luminosos o las luces de los distintos vehículos, y las sombras que provocan, mostrándonos sólo una parte del rostro de los personajes, dando importancia en este caso a los ojos con los que supuestamente podemos identificar fácilmente a los Replicantes. Pero que también son los ojos del búho observador y expectante (como el mismo espectador), o los ojos felinos del cazador en la oscuridad. Y por otro lado, el juego de cámaras, en el que hay que destacar primero sus movimientos lentos, parsimoniosos, que nos permiten analizar cada milímetro de cada plano, cada detalle de cada escena. Este afán por la minuciosidad se aprecia también en los enfrentamientos cuerpo a cuerpo entre Deckard (Harrison Ford) y cada uno de los Replicantes, cuyas muertes, mediante el uso inteligente de la cámara lenta, resultan impactantes y cargadas de violencia. Así se refleja la nula piedad de Deckard respecto a ellos y la también nula reacción de los ciudadanos ante semejantes crímenes que tienen lugar en plena calle.
La caracterización de los personajes es el otro punto fuerte del filme. Empezando lógicamente por el protagonista, el cowboy solitario Deckard, que de no ser por la sobresaliente interpretación de Harrison Ford, no pasaría del típico ex-policía alcohólico, deprimido, amargado e irónico. Pero la figura de Deckard va más allá de eso. Escenifica a la perfección el prototipo del ser humano del futuro. Un ser humano que es creado y moldeado para encajar en una determinada civilización, ocupando un determinado puesto social, y cuya vida, sin poder saber exactamente cuando, expirará, junto con sus recuerdos y experiencias. Como un Replicante. Y aunque el director, por supuesto intencionadamente, no quiso aclarar el verdadero origen de Deckard, sí deja tras de sí una serie de pistas que nos facilitan deducir que sus semejanzas con respecto al resto de Replicantes no son casuales. En cualquier caso, y sin necesidad de profundizar en el tema, si queda claro que es esa incertidumbre la que configura el hilo conductor del argumento, sin el cual obviamente carecería de sentido el filme. La evolución del personaje es paralela a la de sus enemigos. Cómo Deckard pasa del rechazo y la frialdad con la que afronta el conflicto en un principio, aniquilándolos sin miramientos, a introducirse de lleno en una persecución en la que llegará, súbitamente por cierto, a enamorarse de una de sus supuestas presas, para acabar huyendo con ella buscando una libertad que contradictoriamente antes arrebata a otros Replicantes.
Éstos, por su parte, se nos presentan al inicio como la amenaza; unos individuos despiadados y sanguinarios dispuestos a todo para alcanzar sus objetivos. Pero a lo largo de la película, y al igual que el personaje de Deckard, se provoca un paulatino cambio de visión respecto a ellos por parte del espectador, cuando nos damos cuenta de que su objetivo no es otro que prolongar su vida, mantener sus recuerdos, aunque sean implantados, y vivir sin temor a la muerte. Y no hay deseo más humano que ese, y con el que es inevitable sentirse identificado.
Es sobre esta evolución del carácter de los personajes que se traza una línea argumental reforzada con los ya mencionados efectos especiales y técnicas de puesta en escena, y ayudada por momentos de acción y violencia no gratuita, que facilitan al espectador seguir el suspense sin caer en el aburrimiento. Y todo ello adornado con un final soberbio. Si bien es cierto que a lo largo de la película crece el convencimiento que toda la persecución se resolverá con el enfrentamiento Deckard-Roy, héroe contra villano, protagonista y antagonista, tan predecible desenlace no podía colmar las expectativas de manera tan sorprendente. La inferioridad de Deckard respecto al Replicante no se resuelve como podríamos pensar que es habitual en este tipo de situaciones, con un golpe de suerte que le permita acabar con el enemigo, sino con un giro brusco de la situación que convierte a Roy en el cazador y a Deckard en el cazado. Y aún sorprende más la manera de morir de Roy, con el trasfondo de un precioso discurso y unas escenas estéticamente magníficas (la metáfora de la lluvia y los recuerdos, o la paloma y la libertad), y después de salvar la vida a su teórico enemigo. No existe posible final alternativo que impacte tanto como éste, y es evidente que Scott logra con ello su propósito inicial; conseguir que en la retina del espectador permanezcan imborrables ésta y otras escenas del filme que son las que la convierten en la mejor historia de ciencia-ficción sobre la sociedad del futuro del cine moderno.
Lograr que Blade Runner siga siendo un punto de referencia para todos aquéllos que buscan representar con cierta verosimilitud la sociedad futurista sin caer en tópicos o sin parecer repetitivos, es algo que Scott consigue brillantemente haciendo, por ejemplo, un uso estético y meticuloso de la iluminación y la cámara. Scott nos conduce así a un mundo tétrico, oscuro, desapacible, en el que, según el criterio del director, se encontrará sumergida una humanidad, nunca mejor dicho, deshumanizada, fría, apática. A pesar de ser una película en consecuencia oscura, es notable el trabajo con la iluminación; el juego de los focos en movimiento, así como los letreros luminosos o las luces de los distintos vehículos, y las sombras que provocan, mostrándonos sólo una parte del rostro de los personajes, dando importancia en este caso a los ojos con los que supuestamente podemos identificar fácilmente a los Replicantes. Pero que también son los ojos del búho observador y expectante (como el mismo espectador), o los ojos felinos del cazador en la oscuridad. Y por otro lado, el juego de cámaras, en el que hay que destacar primero sus movimientos lentos, parsimoniosos, que nos permiten analizar cada milímetro de cada plano, cada detalle de cada escena. Este afán por la minuciosidad se aprecia también en los enfrentamientos cuerpo a cuerpo entre Deckard (Harrison Ford) y cada uno de los Replicantes, cuyas muertes, mediante el uso inteligente de la cámara lenta, resultan impactantes y cargadas de violencia. Así se refleja la nula piedad de Deckard respecto a ellos y la también nula reacción de los ciudadanos ante semejantes crímenes que tienen lugar en plena calle.
La caracterización de los personajes es el otro punto fuerte del filme. Empezando lógicamente por el protagonista, el cowboy solitario Deckard, que de no ser por la sobresaliente interpretación de Harrison Ford, no pasaría del típico ex-policía alcohólico, deprimido, amargado e irónico. Pero la figura de Deckard va más allá de eso. Escenifica a la perfección el prototipo del ser humano del futuro. Un ser humano que es creado y moldeado para encajar en una determinada civilización, ocupando un determinado puesto social, y cuya vida, sin poder saber exactamente cuando, expirará, junto con sus recuerdos y experiencias. Como un Replicante. Y aunque el director, por supuesto intencionadamente, no quiso aclarar el verdadero origen de Deckard, sí deja tras de sí una serie de pistas que nos facilitan deducir que sus semejanzas con respecto al resto de Replicantes no son casuales. En cualquier caso, y sin necesidad de profundizar en el tema, si queda claro que es esa incertidumbre la que configura el hilo conductor del argumento, sin el cual obviamente carecería de sentido el filme. La evolución del personaje es paralela a la de sus enemigos. Cómo Deckard pasa del rechazo y la frialdad con la que afronta el conflicto en un principio, aniquilándolos sin miramientos, a introducirse de lleno en una persecución en la que llegará, súbitamente por cierto, a enamorarse de una de sus supuestas presas, para acabar huyendo con ella buscando una libertad que contradictoriamente antes arrebata a otros Replicantes.
Éstos, por su parte, se nos presentan al inicio como la amenaza; unos individuos despiadados y sanguinarios dispuestos a todo para alcanzar sus objetivos. Pero a lo largo de la película, y al igual que el personaje de Deckard, se provoca un paulatino cambio de visión respecto a ellos por parte del espectador, cuando nos damos cuenta de que su objetivo no es otro que prolongar su vida, mantener sus recuerdos, aunque sean implantados, y vivir sin temor a la muerte. Y no hay deseo más humano que ese, y con el que es inevitable sentirse identificado.
Es sobre esta evolución del carácter de los personajes que se traza una línea argumental reforzada con los ya mencionados efectos especiales y técnicas de puesta en escena, y ayudada por momentos de acción y violencia no gratuita, que facilitan al espectador seguir el suspense sin caer en el aburrimiento. Y todo ello adornado con un final soberbio. Si bien es cierto que a lo largo de la película crece el convencimiento que toda la persecución se resolverá con el enfrentamiento Deckard-Roy, héroe contra villano, protagonista y antagonista, tan predecible desenlace no podía colmar las expectativas de manera tan sorprendente. La inferioridad de Deckard respecto al Replicante no se resuelve como podríamos pensar que es habitual en este tipo de situaciones, con un golpe de suerte que le permita acabar con el enemigo, sino con un giro brusco de la situación que convierte a Roy en el cazador y a Deckard en el cazado. Y aún sorprende más la manera de morir de Roy, con el trasfondo de un precioso discurso y unas escenas estéticamente magníficas (la metáfora de la lluvia y los recuerdos, o la paloma y la libertad), y después de salvar la vida a su teórico enemigo. No existe posible final alternativo que impacte tanto como éste, y es evidente que Scott logra con ello su propósito inicial; conseguir que en la retina del espectador permanezcan imborrables ésta y otras escenas del filme que son las que la convierten en la mejor historia de ciencia-ficción sobre la sociedad del futuro del cine moderno.

1 comentario:
Adoro Blade Runner, no me queda claro que versión he visto porque han echo varias y otras mejoras, tendría que ver lo últimisimo para ver si de verdad se notan cambios, y me encantaría una segunda parte hoy dia...
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